Durante estos días, narradores y narradoras estamos alborotados. Con toda la razón del mundo. Una convocatoria del Ayuntamiento de Madrid para la privatización de la gestión de las sesiones de narración oral en las Bibliotecas Públicas Municipales nos ha revuelto. Nos ha revuelto las tripas, por ejemplo, por lo que tiene de insulto a nuestra profesión, una de las que tiene cachés más bajos en el mundo de la cultura, y que ahora lo tendría aun más. Para saber de qué hablo, mira aquí.
Eso es lo que se llama externalizar servicios. Las empresas privadas, para reducir costes, externalizan servicios que no tienen que ver con la tarea, el objetivo, la razón de ser de la empresa. Así que se suelen externalizar, por ejemplo, los servicios de limpieza o seguridad. ¿Cómo es posible que el Área de Gobierno de Artes o la Dirección General de Archivos, Museos y Bibliotecas considere las actividades culturales que se realizan en las bibliotecas como servicios que se pueden externalizar? Los clubes de lectura, las sesiones de narración oral de cuentos, son actividades de animación a la lectura. Si las bibliotecas son algo más que almacenes de libros, estas actividades son parte fundamental del trabajo que se debe realizar en ellas para que sus fondos se usen. Sería como si para reducir gastos en el Real se externalizara la contratación de los cantantes y se pagara de modo que finalmente un grupo de animadores socioculturales con buen oído y algo de formación musical cantara. Pero a lo mejor para mucha gente de la administración las bibliotecas son solo almacenes de libros. Y poco importa si se usan o no. Está claro que su modelo no es el de una biblioteca como un lugar de cultura y dinamización cultural, sino algo más parecido a un videoclub, una especie de lugar de alquiler de libros. Y si finalmente el préstamo de pago en bibliotecas se hace realidad, el modelo de funcionamiento será, desde luego, el de un video club.
Ocurre, además, que las actividades culturales de las bibliotecas son gratuitas. Cualquiera puede tener acceso a ellas. Y a eso se llama democratización de la cultura ¿no? Cuando las cosas cambian del modo como están cambiando, no es sólo que bajen los cachés, sino que se cambia un modelo de política cultural por otro. Apuesto a que no habrá rebajas de los cachés en los grandes eventos, esos que no son gratuitos. O en los eventos que se realizan puntualmente y son muy visibles, de relumbrón, como La Noche en Blanco o La Noche de los Libros. Se sustituye una labor semanal, cotidiana, que apenas tiene publicidad, por media docena de eventos gratuitos al año muy publicitados. Se quita presupuesto en espectáculos de pequeño formato a los que cualquiera puede tener acceso, y se mantiene o se aumenta el presupuesto de los grandes espectáculos de pago.
No es solo un problema de reducción de cachés. Echándole un poco de imaginación, si queremos seguir viviendo de nuestro trabajo artístico la solución será dejar de contar en bibliotecas. Pero sería una pena. Porque las bibliotecas son un espacio democrático de cultura. O lo eran. La política no es solo economía y no es verdad que la externalización de estos servicios y la reducción de los cachés beneficie a los ciudadanos. El modelo de política cultural implícito en estos cambios es más clasista que el anterior y reconoce el derecho a la cultura solo a quien pueda pagarlo. Ciudadanos y ciudadanas, no sólo profesionales de la narración oral, tenemos algo que decir frente a esto.
Otros compañeros han reflexionado acerca de esta situación, aquí están, si te apatece leerlos: Légolas, Pep Bruno, Carles García
Magda
"Los primeros que inventaron, que dieron su nombre a las constelaciones eran contadores de cuentos...el imaginar las constelaciones no modificó las estrellas, ni tampoco el negro vacío que las rodeaba, lo que cambió fue el modo de ver el cielo nocturno." John Berger
martes, 28 de junio de 2011
martes, 7 de junio de 2011
Oir un cuadro
Lo que dirige el relato no es la voz: es el oído.
dice Calvino en "Las ciudades invisibles". En fin, que tanto darle vueltas a la escucha y Calvino con una sola frase lo dice todo. Pues eso.
Por una extraña asociación de ideas, cuando pienso "¿qué imagen le podría poner a esto que acabo de anotar?", me viene a la memoria un cuadro de Chardin.
Este:
Realmente no sé por qué. Lo ví en el Prado. Tampoco sé por qué me gustó como lo hizo.Hay misterio, el rastro de alguien, silencio. El rojo de las fresas es hermosísimo. Pero ninguna de estas cosas me explica del todo lo que sentí. Tal vez que la frase de Calvino ponga el acento en la relación y yo sientiera claramente afecto, casi como un golpe, un golpe de afecto, cuando ví el cuadro, conectan frase y pintura. En las dos, la relación lo es todo. Y entonces se me ocurre que escucho el silencio de esta pintura y que este silencio me acoje, me escucha, y que la hospitalidad de la que he estado hablando tal vez esté también en estas fresas, en este rojo, en este cuadro que me emociona.
Magda
miércoles, 25 de mayo de 2011
Escuchar
Hay una foto de hace muchos años que me encanta. Es esta:
La hizo Agustín, que en aquel momento hacía un seguimiento
exhaustivo de las funciones de narración oral en Madrid. Estoy de espaldas,
contando. Fue hace ya tiempo y cuando
recuerdo tengo la sensación de remontarme casi a mi infancia. En verdad fue mi infancia como narradora. Pero
la foto no me gusta por eso, no se trata de nostalgia, no es del pasado de lo
que quiero hablar, ni del tiempo y lo rápido que pasa, ay.
Lo que me interesa de la foto son los rostros. Lo que cuentan. Esta es una foto de
lo que pasa cuando se escucha. Y lo que pasa
es que pasan cosas, muchas cosas. Cada rostro habla: uno parece
particularmente iluminado, la sonrisa expresa sorpresa, placer, algo de
abandono infantil; otro es relajado y abierto; en otro hay una sonrisa tímida. Hay algunos serios, abiertos no obstante a lo que sucede, no hay rechazo en ninguno.
(Uf, menos mal). Hay confianza. Hay expectación. Se ve que escuchar
es una acción que produce emociones y pensamientos. Que mueve. No
es algo pasivo. Quien escucha responde siempre. Una respuesta que no está hecha
necesariamente de palabras, pero que incita, espolea, anima, a quien habla. El público de quien cuenta historias son caras que miran. Miradas,
emociones que te golpean casi físicamente, silencios de extraña cualidad.
Habría mucho que hablar sobre ese silencio atento y abierto que a veces tememos.
Habla de la calidad de nuestra escucha, la de quien narra. Aprender a escuchar
no es sólo una tarea del público. De hecho, es una tarea ineludible de quien cuenta.
Sin la capacidad de escuchar y responder a eso no hay narración oral.
¿Qué es responder a la escucha? No, desde luego, dar siempre lo que se espera,
o ponerlo fácil. Es saber lo que sucede y tomar decisiones respecto a eso.
Decisiones (a veces incluso equivocadas) que son respuesta, no que repiten un
patrón o receta preestablecido.
Cuando hablo de la hospitalidad de la escucha, éste es el
punto de partida. Un vínculo momentáneo entre quien habla y el público interlocutor.
Es curioso hablar del oficio partiendo de una foto. Con una “prueba documental” que otras personas pueden mirar para comprobar lo que afirmo o darle otro significado. Un instante detenido de un oficio que es puro devenir. Un objeto que muestra (que lo intenta, que realmente no puede mostrar) algo que no se ve.
Es curioso hablar del oficio partiendo de una foto. Con una “prueba documental” que otras personas pueden mirar para comprobar lo que afirmo o darle otro significado. Un instante detenido de un oficio que es puro devenir. Un objeto que muestra (que lo intenta, que realmente no puede mostrar) algo que no se ve.
Es tan frágil lo que hacemos, está tan escondido, es tan
tiempo que pasa, relación, que no lo puede atrapar la foto. Ni siquiera una
grabación. La grabación, incluso una audiovisual, guarda el cuento, pero no lo
que sucede. Es solo una huella de lo que pasó. Un rastro de nuestra escritura
en el aire.
La huella de un acercamiento.
Lo que hacemos está hecho de lo que somos: tiempo que pasa, cuerpos que se mueven, se acercan, se tocan, se alejan.
La huella de un acercamiento.
Lo que hacemos está hecho de lo que somos: tiempo que pasa, cuerpos que se mueven, se acercan, se tocan, se alejan.
domingo, 8 de mayo de 2011
Sobre la hospitalidad de la escucha
Vuelvo a encontrarme con reflexiones sobre la hospitalidad que no me remiten al mundo de los buenos sentimientos sino a mi oficio de contadora de historias. Trasteando en el ordenador entré en una página donde había traducciones de textos de Jasques Derrida, un filósofo que no he leído -y que desde hoy tengo como tarea-, y apareció la hospitalidad cuando se refería a Lévinas (otro filósofo, otra tarea. Cómo se acumula el trabajo):
"el lenguaje, es decir, la referencia al otro, es en esencia amistad y hospitalidad"
y más adelante:
"Desde el momento en que estoy en relación con el rostro del otro, en que hablo al otro y en que escucho al otro, la dimensión del respeto está abierta. Después resulta preciso, naturalmente, hacer que la ética esté en consonancia con esa situación y que resista todas las violencias que consisten en reprimir el rostro, en ignorar el rostro o en reducir el respeto."
Extraje estas frases en una lectura superficial, de estas que se hacen a vuelo de pájaro, y me han hecho pensar. Berger dice que los relatos ofrecen hospitalidad al oyente. Es verdad. Pero ¿qué me sucede cuando me pongo frente al público y tomo la palabra? Me he recordado contando, y he recordado que en los momentos de mayor placer, que son esos en los que la comunicación con el público es fluida, es un puro presente en el que navego, me he sentido acogida en la mirada del otro, en su escucha. Toco una puerta, y la puerta se abre, (o no). Si la puerta se abre y entro sucede, más allá de la historia que cuente, lo que para mí es la esencia del arte de contar. Creo que hay algo más. Cuando el otro abre su puerta también llama a la mía. Y yo tengo que abrirla a mi vez, tengo que responder a esa llamada. Estoy en relación con el rostro del otro, y el otro en relación con el mío, y en esa relación se mueve, claro, la historia que cuento, la excusa para que yo tome la palabra. Porque lo que da sentido a contar, es la hospitalidad de la escucha. Ser acogida por eso tan frágil y efímero que sucede (cuando sucede). Y que es mi responsabilidad mantener, y aun más, darle hondura.
Respetar la escucha del otro. No violentar la relación que se establece entre los rostros. Me parece hermoso que haya un componente ético en la escucha, en mi escucha, que se abre hacia quien me acoge. Sé que me siento viva cuando cuento historias. Y sé que la intensidad de esa sensación se la debo en gran medida a esta hospitalidad de la que trato de hablar, sobre la que me gustaría pensar más, porque sospecho que el secreto de nuestro oficio, de su pervivencia y su resistencia, está ahí, en la fragilidad y la belleza de la relación que se crea entre quien habla y quien escucha. En la hospitalidad de la escucha.
"el lenguaje, es decir, la referencia al otro, es en esencia amistad y hospitalidad"
y más adelante:
"Desde el momento en que estoy en relación con el rostro del otro, en que hablo al otro y en que escucho al otro, la dimensión del respeto está abierta. Después resulta preciso, naturalmente, hacer que la ética esté en consonancia con esa situación y que resista todas las violencias que consisten en reprimir el rostro, en ignorar el rostro o en reducir el respeto."
Extraje estas frases en una lectura superficial, de estas que se hacen a vuelo de pájaro, y me han hecho pensar. Berger dice que los relatos ofrecen hospitalidad al oyente. Es verdad. Pero ¿qué me sucede cuando me pongo frente al público y tomo la palabra? Me he recordado contando, y he recordado que en los momentos de mayor placer, que son esos en los que la comunicación con el público es fluida, es un puro presente en el que navego, me he sentido acogida en la mirada del otro, en su escucha. Toco una puerta, y la puerta se abre, (o no). Si la puerta se abre y entro sucede, más allá de la historia que cuente, lo que para mí es la esencia del arte de contar. Creo que hay algo más. Cuando el otro abre su puerta también llama a la mía. Y yo tengo que abrirla a mi vez, tengo que responder a esa llamada. Estoy en relación con el rostro del otro, y el otro en relación con el mío, y en esa relación se mueve, claro, la historia que cuento, la excusa para que yo tome la palabra. Porque lo que da sentido a contar, es la hospitalidad de la escucha. Ser acogida por eso tan frágil y efímero que sucede (cuando sucede). Y que es mi responsabilidad mantener, y aun más, darle hondura.
Respetar la escucha del otro. No violentar la relación que se establece entre los rostros. Me parece hermoso que haya un componente ético en la escucha, en mi escucha, que se abre hacia quien me acoge. Sé que me siento viva cuando cuento historias. Y sé que la intensidad de esa sensación se la debo en gran medida a esta hospitalidad de la que trato de hablar, sobre la que me gustaría pensar más, porque sospecho que el secreto de nuestro oficio, de su pervivencia y su resistencia, está ahí, en la fragilidad y la belleza de la relación que se crea entre quien habla y quien escucha. En la hospitalidad de la escucha.
"Tomar la palabra: ¿cual es su sentido?
Es el
enunciado mismo. Es la escucha.”
Tahar ben Jelloun, Harruda
Magda
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